Me gustaría devolver el hilo a su asunto, así que lanzo unas pocas teorías y apreciaciones (y alguna chorrada, seguro).
De crío escuchaba a la Velvet y a grupos punk en casetes cascados (y
tuneados) que iban de mano en mano entre los amigos (¡qué pintas llevábamos entonces, santa paloma!). ¿Nos gustaban? ¡Por supuesto!
VU & Nico, Never mind the bollocks, Closer… Algunos venían de producciones casi inexistentes, otros de referentes en este terreno. Pero lo que el melómano puede ver como obra maestra, el audiófilo puede calificarlo como defectuoso

. Sí, son dos cosas –dos planos– bien diferentes. Tenemos también el talento para sacar lo mejor de los recursos escasos, haciéndolos buenos hasta el punto de dar pie a estilos como el (a veces no tan falso) low-fi de la música indie, o aquella moda del pixelado en el cine.
Pero no veo grandes diferencias en el
procesamiento de los distintos sentidos. Constantemente
reconstruimos palabras de una conversación, la tele o la radio, con tal que se mantengan en los parámetros habituales. Un acento cerrado crea poblemas y, si ponemos mucha atención, al principio parece incluso más difícil de descifrar (¡cuántas letras de canción me han sido imposibles de descifrar hasta que, de forma desatenta, surge la asociación!). Al final, la información cae en categorías más o menos definidas, dependiendo del bagaje de atención puesta en ellos. Los enófilos dicen «esto tiene aromas a…», incluso se usa habitualmente «recuerdos a», y sin embargo es difícil al principio entrar en este mundo de asociaciones. Cansa. Nuestras categorías no están suficientemente definidas aún. El oído también genera imágenes poderosas, como en un callejón desconocido y amenazante, gracias a las enseñanzas del cine. Pero, en general, se necesita atención (y repetición) para la información que no es relevante en lo cotidiano. Huelga hacerlo, pero allá va un ejemplo: los astigmáticos que usan lentillas saben que con cada parpadeo (otro hecho
ignorado) todo se desenfoca hasta que la lentilla vuelve a su lugar; pero, en cuanto la atención se desvía de esto, la percepción cae completamente fuera del terreno consciente. Es irrelevante. Por tanto, no podemos comparar la escucha atenta a una pieza musical (no digo ya a la resolución de su sonido) con la mirada despreocupada y utilitaria que se da de común. La vista es la que más asociaciones cuenta, para retener
con el mínimo esfuerzo su mayor información útil.
Y ahora la parte farragosa (coña on). Como ya apuntaba 2fast.4u, el hombre parece encontrar un especial placer en profundizar en un objeto/concepto, en la contemplación de éste, en penetrarlo completamente con su atención hasta casi fundirse en él

. El hombre quiere poner su atención en lo que sea que le resulte interesante de momento (eso sí, libre para cambiar a otra cosa cuando se aburra); la mujer, al contrario, quiere recibir sobre sí, y de forma más o menos permanente, ese tipo de atención que el hombre malgasta en sus aficiones (y no le importará permanecer en lo mismo toda la vida –como mantenedora de la situación, de hecho– si cree que así lo logrará). Si los tíos fuésemos inteligentes, haríamos como los genios y tendríamos nuestra propia Gala, nuestra musa, en lugar de deambular por ahí en busca de lo que tenemos a nuestro lado (con suerte)

.
Eso, y que, en el fondo, somos duales opuestos, de forma que los hombres tenemos una expresión externa activa/positiva/fuerte/resistente y una interna pasiva/negativa/suave/fluida, justo al contrario de las mujeres. Volvernos pasivos y reflexivos es la forma de contactar con nuestro interior. Pero para las mujeres debe ser de otra forma: su mundo interior es fuerte, lleno de sueños, imágenes y logros. Son brujas que toman la escoba y se lanzan a volar, montan aquelarres y se vuelven poderosas.

(Teorías

).